17 diciembre 2006

Nuestros argentinos

Amanecer argentino. Punta Delgada, Península Valdés.© Tomeu Ozonas

Esta columna esta dedicada desde la primera letra a los argentinos que hemos conocido a lo largo de estos tres años y pico. Sentidos y queridos ejemplos de la sociedad porteña consiguieron de la mejor manera posible hacernos sentir como en casa. Parece no costarles demasiado desplegar de manera generosa toda la hospitalidad, amabilidad y calor humano necesarios para alguien que ha elegido su tierra lejana para vivir. Preguntaron mil veces las razones de tal exilio y nosotros sin cansarnos les hemos explicado hasta el agotamiento que viven pese a todo en un lugar único. Nos han brindado, uno a uno y poco a poco, las razones multiplicadas para seguir junto a ellos y seguir sintiendo lo único que se puede sentir por los argentinos y es un extraordinario cariño.

Lazos de amistad que hemos tratado de regar, seguramente para compensar la distancia que nos separa de padres, hermanos, cuñadas y sobrinos. Lazos que se estrechan con conversaciones eternas, en cafés, en asados, con botellas vacías de malbec de testigo, en encuentros casuales en la calle, en invitaciones, cenas y comidas, en meriendas, con un mate, yendo al teatro y muchas veces paseando lentamente a la sombra de las arboladas calles de Buenos Aires.

Nos enseñaron todo lo que sabían de la ciudad y años mas tarde con nuestra visión de extranjeros (nos cuesta mucho escribir esta palabra), humildemente lo devolvemos descubriendo rincones a algunos de ellos, lugares desconocidos que nuestra curiosa mirada es capaz de rescatar gracias a la observación virgen y libre del que llegó después.

Les encanta escuchar nuestro acento castellano y a nosotros correspondemos poniendo nuestros ávidos oídos para oír su dulce tonada e intensa conversación buscadora de razones. Es un juego simbiótico que perfectamente simboliza el mutuo cariño por nuestras tierras y culturas. La madre patria la llaman y a veces, sin saber que ya no existe como la imaginan.
Nos sigue fascinando la increíble facilidad que poseen para comunicar y crear, creemos íntimamente que poseen un conducto propio que conecta la región de cerebro destinado a los conceptos y la boca. Muchos de ellos son libros de historia o geografía argentina, otras con un saco de lugares comunes al hablar de sus desgracias como habitantes del lejano sur. Son esa gracia, cultura e inquietud, que junto con su calida amabilidad y curiosidad natural las que transforman al visitante europeo en presa de sus suaves garras y así, lentamente, se va poblando de desencantados extranjeros del aburrido norte.

Si la Mallorca que trata con argentinos emigrados tuviese conocimiento personal de lo que trato de expresar a través de estas líneas y sumado al desarraigo que cargan en sus espaldas, sentirían la necesidad inmediata de mimarlos casi como hermanos. Así se siente.

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