01 octubre 2006

El Colectivo


Así le llaman al autobús de línea común y corriente solo que de típico no tiene nada. No me extraña que a nuestra hija de nueve años le entusiasme pues es lo más parecido a una atracción de feria que hay dentro de la ciudad y además por el muy módico precio de veinte centimos de euro también te lleva de un lado a otro. No es una empresa municipal, son unas trescientas lineas de vehiculos viejos en manos privadas subvencionadas.

Al principio cuesta cogerle el truco pero una vez que lo has probado y te has acostumbrado a la aventura, es toda una tentación pues puedes recorrer medio Buenos Aires por ochenta centavos de peso en lugar de sacar los quince pesos del bolsillo para un taxista, que por cierto, cada vez están mas antipáticos y caros. Por cierto, el colectivo no es apto para turistas, de hecho, jamás he visto uno dentro.

Cuando uno ha encontrado la parada pues las hay de varios tipos, incluso algunas son un adhesivo pegado en el tronco de un árbol, es entonces cuando se hace la señal para que pare, eso puede hacerlo en medio de la calle, veinte metros mas atrás y a veces, pocas, ni siquiera para. La frecuencia eso si, es buena. Hasta el punto de coincidir tres autobuses de la misma línea en el mismo semáforo. Sorprendente.

El escalón de subida es de una altura tal que una persona anciana o un niño necesita ayuda para alcanzarlo. El conductor que por lo general tiene cara de pocos amigos solo quiere saber si ya puede cerrar la puerta y hasta donde vas. Aprieta un botoncito y una maquina que solo funciona con monedas escupe el billete. Procurar estar bien agarrado, no basta cogido, a la barra pues comienza el espectáculo. Acelerones, badenes, giros y frenadas que parecen una broma de mal gusto mantienen a los compungidos rehenes en vilo confiando que pronto llegue a su fin.

Tocas el timbre para que pare y aunque hay un letrerito que dice que las puertas no se abren a mas de 5 Km./h, lo hacen. Es como si el animal al volante llamado tambien colectivero quisiese escupirte sin parar la marcha. Le fastidia pues tiene que cumplir el horario.

Al principio hace dos años pareciera que no podía ser así, que los pasajeros se amotinarían ante semejante trato. Pero no, todos impasibles con gesto serio, algunos incluso dormidos, aguantan. No queda otra. Honestamente, es el primer contacto fiel con lo que muchos porteños gustan de llamar el tercer mundo a su país.

Lo mas alucinante es que encima dicen que el colectivo es un invento argentino más. ¿Y si no lo llega a ser?

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