20 julio 2006

El clima


Si hay por ahí algún fabricante de teorías que relacionen el clima con la forma de ser de una sociedad, encontrarían en los argentinos un ejemplo deslumbrante y clarificador. Las contradicciones y recurrentes paradojas económicas, políticas y sociales que día a día son comentadas por la gente, periodistas y amantes del análisis, podrían ser entendidas de forma mas original si se entiende de meteorología o se vive por estos lugares.

A la argentina expresión "es de locos", usada cuando tratan de explicarse lo incomprensible, se pueden tranquilamente añadir los constantes cambios meteorológicos. Para alguien llegado del uniforme y predecible clima mediterráneo de Mallorca, se sorprende sin descanso del clima en Buenos Aires y alrededores.

A nadie se le ocurre aquí salir de casa sin mirar antes la temperatura y sensación térmica por la tele (siempre esta sobre impresa en la pantalla), Internet o la radio. Decenas de veces hemos vuelto a casa a dejar o buscar ropa de abrigo. Todo por no acordarse de mirarlo. No basta con sacar la mano por la ventana.

En invierno y en verano, y sobre todo en primavera y otoño los cambios a veces son tan intensos que pareciera alguien desde arriba esta jugando con los pobres porteños. Una vez entramos en un restaurante con 26 grados y al salir el termómetro marcaba 14. No es ninguna broma y aunque esa vez fue inolvidable, ocurre con suficiente frecuencia como para no dejarlo en mera anécdota. Aqui parecen acostumbrados pero el extranjero del norte no lo puede creer.

Las lluvias acá son lluvias raras y extremas, por un lado caen literalmente cubos de agua que mojan los huesos y después hay otro tipo de precipitación que es insólita para nosotros, cae agua como pulverizada lentamente sin que moleste a nadie, pero lluvia finalmente. Los días soleados mayormente son cristalinos y deslumbrantes, parece otra luz y el cielo tiene un azul muy intenso.

Como todo en Argentina ocurre de manera desmesurada, hace unas semanas el plomizo cielo regalo a la ciudad una granizada que aparte de asustar a mucha gente dejo abolladas las chapas de miles y miles de coches además de causar innumerables destrozos. Eran como pelotas de ping-pong hechas con hielo. Podría haber pasado en la desierta Pampa pero cayo en la urbe a las cuatro de la tarde de un día laborable. La prensa se apresuró a buscar culpables de manera inmediata pues es una afición muy argentina, pero esta vez no funcionó. Por suerte el Servicio Meteorológico Nacional había avisado de las granizadas horas antes. Fue un acontecimiento espectacular.

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