02 julio 2006

Vamos Argentina!


Cada vez que juega Argentina en el Mundial la ciudad asume el papel de altavoz de las emociones patrias y es sobrecogedor hasta para uno al que el fútbol dejo de emocionarle hace décadas. Las banderas que se sacaron para los días patrios de mayo se quedaron esperando en los balcones y coches a la selección nacional en una suerte de confuso patriotismo donde es lo mismo un gol que la historia.

No hay escaparate que no este decorado con los colores azul celeste y blanco como si fuese la otra Navidad. Puestos de venta ambulante en casi cada esquina desparraman camisetas, bocinas, bufandas, sudaderas, gorros de todo tipo y todo con los mismos colores albicelestes. Una hora antes del partido los taxis dejan de recoger a la gente, la gente camina o conduce rápido con el único fin de llegar a tiempo, se comienza a respirar que algo esta mutando en la ciudad, se huele con claridad que algo importante esta a punto de ocurrir. Si fuese el fin del mundo lo que se ve se parecería bastante. Es una locura colectiva contagiosa, desmesurada y muy divertida.

Una vez a comenzado el partido el país se paraliza. Por las avenidas donde a esa hora suelen pasar miles de ruidosos vehículos, de pronto se calma y convierten un miércoles en domingo, se cierran persianas de muchos comercios, en los bares no hay mesas libres, los niños paran las clases y se ve el partido en el colegio, se apuran las compras de refrescos en los quioscos. Mientras juegan, nadie llama a nadie. El teléfono no suena.

Si se abren las ventanas pese a que es invierno, los gritos de gol atraviesan los patios y calles. Cuando finalmente pudo ganar ante Méjico un rugido estremecedor anunciaba lo impresionante que estaba por venir y bajamos a la calle a verlo. Arriba en un ático alguien en la oscuridad mecía una bandera gigante como poseído por el diablo, todos los coches pitaban, un autobús de línea lleno de gente se balanceaba por los saltos de los pasajeros, fuegos artificiales, banderas, papelitos cortados caían del cielo, grupos de gente cantando como borrachos se dirigen al centro de las celebraciones, el Obelisco. Y es solo una esquina de las cientos que hay en Buenos Aires.

Cuando se lean estas líneas y ha ganado a Alemania todo lo escrito quedara como una anécdota sin importancia. Si gana el mundial habrá que volver a escribir. Sin duda.

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