09 septiembre 2007

Confesión

Es el título de un famoso y bonito tango pero también es la palabra imprescindible para aclarar a los lectores argentinos que el Buenos Aires que describo se aleja demasiado de la ciudad hostil y dura que golpea a tanta gente cada día. Sin claras esperanzas de que cambie en lo esencial. Aunque parece que siguen resignados a no perder la ilusión, parece confundirse extrañamente con la paciencia de santo. Siguen solo algunos ejemplos muy cotidianos.

Colas larguísimas de gente deslomada de trabajar en negro y/o a destajo mal pagado se forman cada día para tomar el cutre autobús urbano. Cuando suben, apiñados como sardinas en lata les espera una hora o dos de recorrido hasta llegar a la periferia. Mientras son transportados se convierten en simples vacas, pues así se les trata sin que nadie diga ni mú. Por si fuera poco deben soportar estoicamente la constante falta de respeto por parte del chofer. Solo eso merece otra columna.

Trenes obsoletos (algunos sin puertas) renquean impuntuales cargados de gente. Cuando el servicio pasa de pésimo a insoportable se amotinan y prenden fuego a la estación. Ha ocurrido ya algunas veces. La calidad varia según las líneas, va menguando de norte a sur en degradado mitad sarcasmo, mitad insulto. En las mas miserables, cuando el tren se detiene, chicos arrancan piezas de la carrocería para venderlas y comprar droga, cuando arranca a veces le tiran al tren piedras o disparos. El estado del transporte público, para los ojos de un turista (si se enterase) es tan lamentable como increíble.

Personas de todas las edades rebuscan en las bolsas de basura esparcidas por las aceras de todos los barrios y recolectan botellas y cartones para luego venderlos a grupos mafiosos que se aprovechan de la desesperación de familias que no logaron reponerse de la ultima debacle, entre otras. Otros dicen que no es tanto pero verlos arrastrar carros cargados de cartones esquivando taxistas es más que vergonzante.
Niños y niñas son obligados por sus padres a pedir limosna o vender cualquier cosa. Es difícil salir a la calle sin toparse con alguno de ellos y en definitiva, con la vergüenza.

Chicos y chicas jóvenes que limpian parabrisas, malabaristas, payasos, tragafuegos, vendedores de globos terráqueos, libretas, linternas o lo que sea, habitan en los semáforos mas congestionados de la metrópoli a la espera del pesito que les ayude a comer.

Vendedores ambulantes subidos al tren, al autobús, en las esquinas y a veces pueblan con sus mantas repletas de lo inimaginable, aceras enteras en determinadas calles y barrios.

Mucamas, obreros y estudiantes dormidos en el autobús tratando de robar horas al día mientras se desplazan de punta a punta en la inconmensurable ciudad.

La pasta de cocaina y el pegamento son algunas de las formas de subsistir para niños que viven precariamente o en la calle. Es la nueva y barata droga que esta haciendo estragos en la población infantil y juvenil de las zonas mas depauperadas de la capital y sus alrededores, algunas de los cuales son tierra de nadie y olvidada.

Hay más, seguro pues esto es solo una muestra desde la visión privilegiada de un español aún un poco turista que observa como la resignación parece ser asignatura aprendida.

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