02 noviembre 2008

Los Esteros del Iberá

Cruzar los 120 Kilómetros de tierra que separan la Posada de La Laguna (Colonia Carlos Pellegrini, Provincia de Corrientes) de la primera carretera asfaltada es ya una proeza visto desde Mallorca. Si además le sumas los 640 Km. que separan ese cruce de la ciudad de Buenos Aires en un día, ya se convierte en exagerado. El impulso avaricioso de velocidad y distancias se debe a que uno lleva demasiado tiempo sin conducir y el resultado es un tanto extremo y cansado. Las distancias reales nada tienen que ver con las mentales. Argentina es un país de trayectos mentales. Si sus habitantes tomasen conciencia por poseer los espacios en su parte física quizás no serian como son.

El destino ha de compensar tal atrevimiento. Los Esteros del Iberá es uno de ellos. Un humedal de un millón de hectáreas donde campan a sus anchas cientos y cientos de especies, y todo atravesado por solo una carretera sin asfaltar.

Los Esteros son uno de esos lugares en el que uno se siente nada y privilegiado a la vez pues las extensión y virginidad pugnan por ser la primera descripción del destino turístico. Nos dimos cuenta cuando en el saloncito de la posada se hablaba de todo menos la lengua española. Guiris en un lugar tan lejano te ubican inmediatamente en tu pequeñez. 
Pudimos compartir la experiencia con una pareja de suizos. Les tradujimos como pudimos las explicaciones del primer guía correntino y nos contaron que su hija se largó de Suiza hacia seis meses y se fue a vivir a un pueblo cerca de Posadas (Capital de Misiones, Argentina). Los argentinos ahora mismo alucinan en colores. Nosotros no tanto por obvias razones. Suiza y Mallorca desde aquí lejos se ven demasiado parecidas.

Hubo que contarles que los Yacarés (Caimanes) si no sale el sol no asoman a la superficie, que las serpientes en esa época no son fáciles de ver, que el carpincho macho tiene una glándula enorme en la nariz y con ella marca el territorio, que es fácil perderse pues las islas se mueven y así un montón de detalles de esos que los guías cuentan de corrido. 

Por la tarde José Martín, el segundo guía habló seguido durante tres horas casi sin parar. Para no perdérselo, en serio. Un personaje nacido y criado en la zona de la que hablaba como si hubiera llegado tarde pues se sonreía misteriosamente de las costumbres locales y no es para menos. 
Por suerte, no estaban los suizos, hubiésemos sido incapaces de traducirlo. Ante nuestros mudos sentidos nos hablaba del cementerio del pueblo. En el se apreciaban los mismos colores que se repetían una y otra vez: azul, blanco, rojo,… y es que cuando alguien es enterrado en el lugar le honran con los colores que representan al partido político del que fue seguidor toda su vida y si cambió de partido a mitad de vida por una traición, ponen los dos. Son vestigios de un caciquismo lejano donde la vida de los “vasallos” dependía enormemente del gobernador de turno. Nos contó también los detalles de una costumbre local digna de ser apropiada en los sórdidos y deprimentes funerales palmesanos. Cuando muere alguien de la comunidad se reparten comida y licores durante nueve días. Si al difunto le gustaba jugar al truco, se hace lo propio entre los amigos y familiares. Si le gustaba cazar, lo mismo. Recrean por unos días la vida que llevo el ser querido. Al acabar la semana, después de tanta borrachera ya nadie se acuerda de la pena y queda bajo el suelo con sus colores.

Solo fue un muy superficial acercamiento que no puede sino sugerirte que el realismo mágico puede ser periodismo y viceversa.







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